Andaba yo estudiando
cómo volver a casa,
cómo burlar así como de paso
a la vejez, el engaño y la discordia,
cuando vas y te me cruzas de repente
y de repente me pierdo, titubeo,
me cambian de tonada las campanas,
me hablan los muertos y siento
que bullen tus arterias en mis brazos,
que lo entiendo todo.
Que no comprendo nada.
Y ahora no encuentro el camino de vuelta.
Ahora ya no hay casa.
Desde el lugar donde la luz primera
descubre los últimos detalles de las cosas y revela sus más íntimos relieves,
desde los campos de alfileres
te escribo para contarte casi todo,
para contar de diez a uno, diez a cero,
el cero de la nada
y dispararme
hacia el espacio vacío y sin corcheas que me sorbe.
Allá donde no rige la fisica del odio y del consuelo.
Disparar por hacer algo,
cohete
impelido por esa locura que los niños bien conocen
de oídas, por sospechas,
y que esquivan requebrando.
“Yo mismo solía tener ambiciones literarias, pero hace mucho tiempo que renuncié a ellas.” (O. WILDE, El retrato de Dorian Gray)
Si no tienes un retrato al óleo que cargue con tus años y tus miserias, al menos procura iluminarte bien ante el espejo para seguir contemplando una imagen favorecida, o menos deteriorada, de tu verdadero rostro. Y recuerda: más profundas son las cicatrices que dejan tus omisiones, que graves los daños colaterales de tus hazañas bélicas y algún otro de tus actos píos.
El 16 de mayo del año de cierta gracia de 2009, ha tenido lugar con gran éxito el estreno mundial y musical de Leo Ballesteros, niño del bosque. Eso sí, de momento, ha debutado sólo como público. Lugar, Konserthuset (Estocolmo), lleno hasta la mismísima escalinata de entrada, donde los turcos venden fresones. Orquesta, la Sinfónica de Gotemburgo bajo la dirección de Gustavo Dudamel, y un atractivo programa integrado por primeros espadas de la categoría de Esa-Peka Salonen ("Insomnia"), Tchaikovsky ("Concierto para violín") y nuestro amado abuelo Ludwig van ("Sinfonía en do menor").
La actuación de Leo en primera fila central, stringendo il tempo e sempre piú allegro, despertó la admiración de los intérpretes, hasta el punto de que el propio concertino invitó al pequeño melómano a subir al escenario una vez acabado el concierto, y le regaló un ramo de flores en señal de gratitud y reconocimiento. Quede constancia de ello y sigamos de cerca, sobre todo yo que soy su padre, a este joven maestro que dará mucho que hablar mientras suenen las sonatas y los astros perseveren en sus fugas.
Aquí yace August Maximilian Myhrberg, héroe obstinado y adalid sin patria. A la sombra del musgo de una piedra, al son de los chiquillos de una escuela descansa aqui otro aventurero andante que conquistó la dicha en la derrota, Allá en Polonia, en la Ática otomana, en la soberbia Iberia subyugada, Honor, Piedad y Entrega como lemas con dios, sin dios y por los hombres libres.
Nada sirvió de poco y todo cuenta. Más fuerte fue la arteria que la espada, más pesaron los trigos que los hierros. Pero al cabo la tierra no se inmuta ni con los niños que juegan cantando ni con las primaveras de las tumbas.
“La mejora económica sería la clave para la reelección del presidente.” (B. WOODWARD, Greenspan)
No te lamentes de tus malas rachas hasta que tengas la total seguridad de que todo se debe al antipático destino o a la pertinaz conjura de los necios. Antes de nada comprueba si tú has cumplido con tu parte: si así fuera, quizá debas considerar la posibilidad de atenuar alguna de tus virtudes para salir del mal paso.
“No hablemos de los resultados, porque me entristezco.” (J. CORTÁZAR, Imagen de John Keats)
Conforme se aproxima el final de cada temporada, sea futbolística o académica, conviene ser prudente si surge la ocasión de tratar ciertos temas o de participar en ciertas conversaciones. Sobre todo cuando los exámenes te parecen retos insuperables o cuando eres seguidor del Atlético. Si en ti coinciden ambas circunstancias, más vale que evites todo contacto humano al menos hasta el soslticio.
Se puede ser muy pobre y tener vaca, una vaca sin leche ni cornetas. Se puede ser de por vida lactante y llegarse a morir a algún establo sediento y asaetado por las musas.
Se puede andar descalzo y ser amado sin de ello deducir causas o impuestos. Se pueden imponer sin condiciones alas de bogavante a nuestros héroes y que estallen orquestas y mugidos.
Se puede ser un ángel mentiroso y salir a volar todas las noches. Podríamos dormir mientras volamos. Podríamos bailar mientras dormimos si mi música anida tus latidos, si tu respiración mece los míos.
“No era joven ni vieja, sino intensa como lo suelen ser los gitanos.” (C. LOZANO, Sexo, Surrealismo, Dalí y yo)
La edad carece de importancia como dígito, salvo a efectos administrativos. Lo relevante es la intensidad de lo vivido y el ámbito de lo vivible en cada momento. Establecido, pues, que los amperios cuentan más que los años, tú sigue dando calambre y palmas festivas por bulerías.
“El acto creador no puede invocarse a voluntad, ni tampoco propiciarse con sacrificios rituales.” (M. KLINE, Scientific American, III.1955)
La inspiración requiere paciencia y una notable dosis de aburrimiento cabalmente administrada. Puestos a esperarla, es preferible hacerlo en una posición cómoda y a resguardo de pólenes, corrientes de aire y visitas indeseadas.
Seamos optimistas. Ya han salido los niños al recreo, y una bulla de anaglifos se extiende como la zarza por las tumbas sin pretendientes. Multitudes reunidas dando tumbos manifiestan en silencio su más enérgica repulsa ante las últimas extirpaciones masivas de dientes, lenguas y cuerdas vocales. El paisaje se corrompe de ratas colgando de los dientes colgados de los desdentados. El sol se pone.
Seamos lunáticos. Sobre el mundo flotan Tres Soles: el renco calienta, el bizco ilumina y el más ovante exhibe su gravedad entre un clamor de lunas y giraldas. De luz, calor y gloria se nutre el deseo y todo lo vomita al anochecer sobre las mudas espaldas de las hembras.
Seamos herejes. La vida es un fenómeno diabólico. La muerte es el umbral de la divinidad. Cuando empecemos a entenderlo, se enojarán los dioses, subirá el nivel de las aguas y todos seremos tritones.
Simio García trepaba a los árboles de la estación, por eso recuerdo sus brazos largos y las vías y las ramas. Con los pies pelaba plátanos y daba cuerda a los relojes, con las manos domaba arañas y les daba sombra, mientras que a los niños nos trataba con esa indiferencia propia de los que carecen por completo de maldad y de bondad. Pero un mismo día me miró dos veces, o eso creí adivinando su mirada oculta por el paso de los trenes. Una cuando me caí de un pino ensangrentado. La otra cuando dejé de llorar por la vergüenza.
Simio García era idéntico a sí mismo. En el túnel de viento de su perfil convexo los arcos de las cejas daban las horas de sol, huía el mentón, la boca avanzaba sin palabras ni mordiscos y la frente se retractaba de cualquier posible pensamiento u omisión.
Nunca me habló Simio García, pero tenía un reloj en el tobillo. Se cuenta que una tarde de tormenta un rayo le tiró de la copa de otro pino y al caer sus huesos crujieron como boxeadores rotos. No lloró, no manó la sangre. Bramó el trueno. Bramó un tren. Él se sacudió el barro, volvió a trepar, dio cuerda al reloj y las horas se colgaron para siempre de las sombras de las ramas como arañas.
“Nunca, o casi nunca, preguntan los humildes el porqué de lo que tienen que soportar.” (L. F. CÉLINE, Viaje al fin de la noche)
Entre la docilidad del perro (oh amigo del hombre) y la indiferencia del gato (oh amigo de la sardina), tú eres más bien un pato: simpático, pero torpe en tierra, bobo sobre el agua, incapaz de volar a ningún lugar si no es en formación de escuadra. Y lo peor es que soportas más de lo que crees sin cinismo ni curiosidad.
No deja de tener guasa que el llamado "April Fish", día de las bromas para el submundo anglosajón y sus satélites, lleve décadas coincidiendo con el Día de la Victoria, por la efeméride del final de la Guerra Civil Española. En los últimos años, la tal Victoria se ha ido diluyendo en una solución de derrota. Y en los últimos meses, el humor del mundo se nos diluye también en salsas cada vez más serias.
Con el 1 de abril bromista poco hay que hacer. Y en lo que respecta al 1 de abril franquista, todavía menos. Si la guerra hubiera acabado el 28 de diciembre, una fecha tan notoria y oportuna, habríamos tenido la pintiparada ocasión de celebrar dos masacres en una sola jornada (y pasar la fiesta siempre al jueves para hacer puente). Porque lo de mezclar a Herodes y los niños con las risas también tiene delito. Muy pintoresco, muy de aguafuerte. Muy hispánico.
El partido del sábado sirvió para comprobar hasta que punto el juego de la Selección depende no sólo de Blancatorres y los siete enanitos, sino de los resbalones de Senna, que insiste últimamente en enfangar su otrora sencillo e impoluto toque, dejando en tanga a la muy púdica línea de defensa nacional. Esperemos verle en hierba seca antes de sacar conclusiones precipitadas. Pero también quedaron demostradas en el Bernabéu dos hipótesis de orden cívico y cantarín: que abundan los majaderos y que somos analfabetos musicales. Dos bochornos de los que pocos parecen lamentarse.
La bronca al himno turco no provino de un sector minoritario. Es cierto que algún directivo de la RFEF se empeña con buen criterio en censurar este comportamiento deleznable y poco estratégico (sólo sirve para motivar al contrario), pero nadie sabe qué medidas se toman para corregirlo. Por desgracia, se malogró la oportunidad de un uso pedagógico de la televisión, ya que ni Butragueño ni la dicharachera acelga con gafas que le acompaña en la retransmisiones hicieron el más mínimo comentario al respecto. Prefirieron insistir en el "gran ambiente" y otras memadas al uso. Ya lo decía García a propósito del Buitre: "Ni una mala palabra, ni una buena acción". Por favor, que fichen a Álex Corretja o que callen para siempre.
En cuanto al himno español, eso es otro cantar, o más bien otro aullar. Es difícil toparse con una melodía más simple que la del chunda-chunda por antonomasia, que deja a la del Cumpleaños Feliz a la altura de un motete a cuatro voces. Ser incapaces de cantarlo ni medio bien es algo difícil de explicar, como ser del Atleti. Ni siquiera cabe la excusa de que la letra te distrae. Pero es inútil: pocos han logrado entender que la primera frase se repite (y la segunda también), con lo que a lo gutural se suma lo cacofónico, y cualquier espíritu no ya sensible, sino medio afinado, se siente desvalido y sin saber dónde meterse. Propongo a la desesperada sustituir en cada ocasión el himno por un minuto de silencio por la muerte de Beethoven, el pequeño español negro.
En la patria de Domingo, Carreras y Caballé, en la nación que inventó la etiqueta, la diplomacia moderna y el futbolín, la excelencia siempre ha sido una anomalía. Somos los sordos de Lepanto, despreciamos cuanto ignoramos, aullamos con la boca llena y así nos va en cuanto salimos del bar del barrio. Así nos hacemos querer, así nos hacemos respetar. Y ahora, vámonos a Estambul, a dar una vuelta por el Gran Bazar cantando el chunda chunda y haciendo amigos.
El pasado es un océano que gana tiempo de olas a esa playa insolente del ahora, al arenal donde se clavan los gerundios, donde las memorias medio ahogadas extienden sus brazos y sus branquias.
Tiene memoria cuando quiere el hombre como la pierden las mujeres cuando bailan. Tienen memoria los círculos concéntricos del tronco de los árboles del sueño, como la pierden los náufragos de sed locos salada. Como memoria y desmemoria de la ausencia se evaporan en la almohada hundida, en un eco, en la nieve de los trópicos, en el vaho abandonado en un espejo.
Por eso, olvido, queriendo has recordado que ella es el mar, gerundio y playa donde arriba alegremente tu naufragio. El espejo donde queda varado tu aliento.
Un mago vino a buscarte, a buscarte en el desierto. De su capa sacó un brazo y de la manga un sombrero y de la copa un conejo.
De su rabito una escoba, de su palo una varita, de su estrella una espada, de su filo una flor, de su perfume un enigma, de su secreto un piano, de cada tecla un camello, de sus jorobas oasis, de sus palmeras espejos, de sus azogues hechizos, de sus palabras tu nombre.
Al pronunciarlo se conjuró un tornado, una nube de polvo desdibujó la magia y al mago el viento le arrebató el valor para encontrarte.
Decir que le debo la vida a mi padre sería como no decir nada, como seguir buscando la razón perpleja de mi existencia en los azares, en los dioses, en la diástole del big bang desde el silencio primigenio hasta mi llanto de neonato. Más bien es a la vida a quien debo que me encadenara a mi padre. Vivan las cadenas, las amables e invisibles, las que ligan nuestros genes y permiten que se liguen a otra escala peripecias y venturas.
Gracias a la vida, que me dio a mi padre. Gracias a mi padre, a sus manos fuertes, a sus ojos limpios, a todas sus palabras. Gracias por haberme dado lo mucho, lo único que tengo: mis amores, mis tesoros, mi sereno principado y el recuerdo de su voz. Que su voz es el cénit de toda música es algo que ni los más extravagantes musicólogos podrían discutirme. Que su mirada es el magma que alumbra el interior del mundo y lo sosiega, es algo que sólo saben aquellos que por él fueron mirados, que por él fueron amados.
Ahora que voy sabiendo lo que quiero, que me alivia no aspirar a lo insensato, ahora que por fin ya sé lo que me digo, sólo busco la gloria de seguir sus huellas con mi pobre libreta de caminos por estas tierras de dios y de los pájaros. Y al cabo regresar al mismo sitio. Al corazón de mis cachorros, para que acaso lleguen a sentir por mí lo que yo siento por mi padre, y todos juntos vibremos tan alegres con las supercuerdas del bendito universo.
El ojo de halcón es un curioso dispositivo que, mediante la combinación de óptica e informática, determina el bote exacto de una bola de tenis en caso de dudas. El tenis, al contrario que el fútbol, no considera que el factor humano de los árbitros (su falible percepción y su problemática subjetividad) sea una parte inherente del juego, y ha decidido emplear sin grandes alharacas una solución tecnológica para atenuarlo. En el fútbol, lo más osado al respecto parece ser el pinganillo que comunica al árbitro con sus ayudantes: no resuelve error alguno, pero ahorra innecesarios trotes cochineros. Un prodigio que se podría completar con funciones de móvil y mp3 para hacerles más llevaderos algunos partidos soporíferos y de poco pitar.
Pero hablábamos de tenis, deporte más noble. Desde luego, hay tenistas que dudan de la eficacia e incluso de la pertinencia de semejante ojo, sobre todo cuando éste confirma una decisión contraria a sus intereses. Pero en general, existe un consenso suficiente para aceptar que sea su precisa mirada la última que examine las líneas.
El consenso, condición necesaria de todo arbitraje, exige no sólo asumir la supuesta y deseable infalibilidad del procedimiento, sino sobre todo reconocer en éste una imparcialidad a prueba de dudas. El halcón verá mejor o peor, pero no va con nadie. Esa es su virtud, esa es la razón de que se acaten sus decisiones, con alegría o sin ella y maricón el que no bote.
Ahora bien, hoy por hoy, detrás de una gran máquina siempre hay un gran merluzo, un ser con ojos y nervios bajo sospecha. Y cuando vence la paranoia, cabe pensar que se alzarán voces proponiendo vigilar a quien vigila al vigilante. De todo ha de haber en la pista del Señor, pero para tanto lío mejor nos arbitramos solos, como en el recreo.